La gracia de pedir más. Cuando el humano encuentra a Dios.

Hay momentos en los que el alimento más sencillo es el más delicioso. Ya había hablado de nuestro amigo anónimo del tren de las sierras, aquel que nos ofreció su casa pero que al final nos quedamos con una recomendación para comer, recomendación que terminó siendo la mejor durante el viaje.

Yo ya había leído que en Cosquín los precios son bastantes elevados como cualquier otra ciudad que se mantiene a base del turismo, sin embargo, con el hambre que llevábamos después de haber salido temprano de Córdoba para tomar el primer tren, no teníamos de otra más que buscar un lugar donde comer algo antes de establecernos en un camping.

“Buscamos un lugar para comer, de preferencia comida comida, rica y barata” le dijimos a nuestro amigo antes de que se fuera con su hijo a seguir su rumbo, “caminen hasta la otra avenida, tres o cuatro cuadras doblan a la derecha y ahí van a encontrar un comedor”, seguimos sus indicaciones mientras íbamos viendo los restaurantes de la avenida principal cuyos precios realmente estaban un poco más elevado de lo normal.

Cuando estábamos por rendirnos y gastar más de lo que esperábamos por fin apareció el local indicado, la tierra prometida era una pequeña fonda con máximo seis mesas un tanto amontonadas en donde, con nuestras mochilas gigantes a las espaldas, apenas pudimos acomodarnos para no estorbar a nadie. En el lugar, que por fuera parecía prometer poco, comimos la mejor comida de toda la región, tan rica que en los pocos días que estuvimos ahí tuvimos que volver al menos otras dos veces.

“Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida” dice Mercedes Sosa, (cuya estatua estaba en un paseo frente al auditorio principal de la ciudad), lo cual aplica perfectamente para los restaurantes pero sobre todo para esos lugares en donde nos sentimos amados, ¿será que estamos programados para volver a los lugares donde el Amor está disponible?

Recordemos a la mujer de nuestra historia, esa samaritana anónima que sale, como cada día, a recolectar agua del pozo, agua necesaria para vivir que, sin embargo, no le saciaba ni la emocionaba, como la comida de un internado, sin sabor pero necesaria para vivir, una rutina diaria tan pesada como necesaria, tan vital como falta de emociones, hasta que se encuentra a Jesús.

“Dame de beber” le dice ese hombre al que rápidamente identifica como judío, ¿quién se cree él para pedirme de beber a mi? ¿No se da cuenta que soy una samaritana? ¿No ve que me está haciendo perder el tiempo? “¿Me estás pidiendo de beber a mí, que soy samaritana, tú que eres judío?” Pregunta, medio curiosa y medio buscando pleito, pero Jesús es experto en ganar esas peleas.

Jacob, el hombre que peleó con Dios.

Cuando nos imaginamos encontrándonos con Dios, muchas veces vienen a nuestra mente momento de paz inmensa, de gozo indescriptible, de una experiencia de amor nunca antes sentida y por supuesto, de un cambio inmediato y feliz de la forma de vivir, como si no costara nada, como si no fuera una pelea contra toda la vida, como si nos dejáramos vencer así de fácil por el amor de Dios.

La mujer samaritana identifica a Jacob como su padre, no de ella sino de todo su pueblo, Jacob es el hombre que ha peleado con Dios ¿se habrá dado cuenta la mujer que ella lo estaba imitando más de lo que esperaba?, la mujer comienza a discutir con Jesús, y tal como Jacob con Dios, al final perderá, pero será transformada para siempre.

En la tradición bíblica, Jacob pelea con un hombre a quien identifica con Dios toda la noche, para vencerlo, este hombre le toca la coyuntura del muslo y la disloca, sin embargo, esto no detiene a Jacob quien se aferra al hombre y no lo deja ir sino hasta recibir una bendición de su parte, con esta bendición Jacob deja de ser Jacob y pasa a ser Israel “porque ha enfrentado a Dios y los hombres y ha prevalecido”, es mejor ser Israel cojeando, que ser el viejo Jacob y caminar perfectamente.

Cuando el ser humano se encuentra con Dios, el encuentro tiende a ser doloroso, más que un abrazo de un viejo ser querido a quien se tiene mucho tiempo sin ver se parece a una pelea de box contra el campeón mundial de peso pesado, sin embargo, este no te vence de una sino que te deja pelear hasta que pierdes todas tus fuerzas.

El encuentro de la mujer con Jesús implica una pelea, una mujer que sale a una hora inusual probablemente para no encontrarse con nadie se termina encontrando con un hombre que insinúa ser mayor que el padre de su pueblo, Jacob, un hombre extraño que le ofrece algo más extraño aún: Agua viva, la mujer, acostumbrada a los engaños de los hombres se pone a la defensiva, la pelea ha comenzado, solamente que esta vez el perder será lo más conveniente.

Saulo, un choque con Dios en el camino.

La mujer se revela como alguien que espera al Mesías y sabemos, por fuentes bíblicas e históricas que no era la única que lo hacía sino que era la esperanza no de uno, sino de dos pueblos, tanto judíos como samaritanos, ¿cómo pueden dos pueblos tan separados y peleados tener la misma esperanza? La respuesta es sencilla: no todos esperaban al mismo tipo de mesías.

Entre aquellos que esperaban con ansías la vuelta del Mesías para salvar a Israel se encontraba un tal Saulo, como no necesita mucha presentación solo dejaré algo muy en claro: Saulo no era el monstruo asesino sin sentimientos que nos presentan en la escuelita dominical, no, Saulo era un judío piadoso que haría lo que fuera para preparar al pueblo para el regreso del Mesías, esto es, hacer que todo Israel cumpla la ley.

Es con esa creencia que Saulo comienza su jornada contra los cristianos (aquellos judíos que están yendo en contra de la ley predicando en contra del templo y los sacrificios como Esteban), pero en medio del camino (¿nos empezamos a preguntar por qué el encuentro siempre se da en un camino?) a su misión en Damasco, no encontró a los cristianos sino que Cristo lo encontró a él ¿fue una experiencia llena de gozo y paz? Según la descripción de Hechos no parece ser así, Saulo y Dios tenían una lucha pendiente que se librará mientras Saulo está ciego y solo en una habitación de Damasco sin comer ni beber.

El encuentro con Dios, la gracia de pedir más.

Cuando Jacob se encontró con Dios no lo soltó hasta ser bendecido, cuando Saulo encontró a Cristo no le importó perder todo lo el éxito que había cosechado “todo lo tengo por basura por ganar a Cristo” llegó a decir y más importante, llegó a vivir ¿y nuestra mujer? ¿Estará dispuesta a perder su agua insípida pero vital para ganar el agua viva que le promete Jesús?

“La mujer dejó el cántaro” la mujer dejó en ese lugar lo que había ido a buscar pues había encontrado algo mejor, la mujer tendrá que dejar sus falsos encuentros también “porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido” pero ¿que son ellos en comparación a Dios? Jacob deja su nombre, Saulo deja su éxito, la mujer deja su cántaro y sus falsas relaciones ¿será que lo que ofrece Dios a quien se encuentra con él es mucho mejor que todo eso? ¿Será que valdrá la pena dejar lo que Dios nos pida dejar?

El secreto de Jacob, de Saulo y de la mujer lo encontré en una vieja fonda perdida en una calle secundaria de la pequeña ciudad de Cosquín: ellos probaron el mejor plato y siempre quisieron volver ¿habrá otros restaurantes que se ven más lujosos, llamativos que este? Siempre los hay, pero solamente a donde recibimos amor es a donde vale la pena volver, el agua viva siempre será más refrescante que todos los refrescos del mundo.

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Comentarios

  1. Olga Manzanares Rios

    Delicioso tema. Siempre sabes combinar tus experiencias gastronómicas, y turísticas, con las enseñanzas biblicas, lo cual hace que leerte sea más fácil y entendible.

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