Un canto de amor bajo la cruz.

“Hoy hay luna llena, un buen plan es que suban al cerro de la cruz al anochecer” nos comentó el encargado del camping en donde pensamos acampar en San Marcos Sierras, pueblo conocido por su producción de miel y por la forma en que atrae desde siempre a decenas de hippies que buscan un lugar para relajarse, vender artesanías y conocer más personas.

Decidimos caminar por el pueblo en cuanto dejara el sol de pegar tan fuerte y ya de regreso le preguntaríamos a un vendedor por la forma de llegar al sendero que nos llevaría al mirador del cerro, “Esta es la mejor hora para ir” nos dijo “si van y les gusta, vuelven a contarme” eso elevó más nuestro nivel de curiosidad y emprendimos el camino, dato aparte para ser tomado en cuenta: dejamos nuestra lamparas en el camping.

Subimos el cerro hasta el mirador en aproximadamente media hora y llegamos a la famosa cruz que le da su nombre. La vista era tal cual como nos la habían contado, la hora: perfecta, llegamos justo para ver el atardecer por un lado y la salida de la luna por el otro, espectáculo digno de ser visto que sin embargo, como suele suceder, quedó opacado por lo que sucedía al pie de la Cruz: un padre cantaba y tocaba para dos de sus hijas y una pequeña amiga de ellas que, en respuesta de amor y alegría formaban una ronda y bailaban y cantaban junto con él, un padre que en la cruz, con hechos más que palabras, les demostraba a las niñas cuanto las amaba y cuanto se alegraba de que ellas respondieran a ese amor.

La creación: una historia de amor sin final.

Cuando el evangelio de Juan en su primer versículo nos lleva a pensar en la creación (“En el principio” Jn 1.1) no lo hace accidentalmente, el evangelista sabe que para poder entender toda la historia de encuentros, incluida la de la mujer samaritana con Jesús, hay que entender primero lo sucedido en la creación del universo.

Son dos los dato fundamentales que nos da la biblia y la tradición sobre la creación y estos son: Dios creó al mundo “ex nihilo”, es decir, de la nada, y Dios creó al mundo por su simple voluntad y amor, es decir, no había ninguna necesidad en Dios de crear, sin embargo lo hace solamente movido por su eterno amor y misericordia, lo hace tan perfectamente que se tiene que detener a cada momento a contemplarlo y la biblia lo dice con claridad “Y vió Dios que era hermoso”, amor a primera vista, Dios se ha enamorado de su creación y le ha declarado un amor eterno.

Es en este enamoramiento que Dios forma al ser humano, una criatura libre para responder a su amor y relacionarse con él por toda la eternidad en medio de una creación hermosa que los griegos han denominado, haciendo referencia a los bellos jardines botánicos existentes en la ciudad de Alejandría: Paraíso.

Sin embargo, el enamoramiento tiene sus peligros, el principal de ellos: que el objeto del amor no sepa responder favorable y libremente a aquel que lo ama, el hombre, criatura hermosa pero limitada, amada eternamente por Dios, decide escuchar a la serpiente y creer que hay algo mejor que la relación que ya tiene con Dios y toma una decisión: a partir de ahora buscará su propio camino apartado de Dios, haciéndose él mismo su propio dios: Dios, el eterno enamorado, ha sido rechazado por aquel que más ama fuera de sí mismo, y así comienza la historia bíblica y la historia de la humanidad, Dios va en búsqueda del hombre y una y otra vez le pregunta: “¿dónde estás?

Si el hombre no va a Dios…

Todo el antiguo testamento parece ser un grito desesperado: Dios le pide al ser humano muchas veces y de muchas maneras (Hebreos 1.1) que vuelva a él, que vuelva a recibir de ese amor que sigue disponible a pesar de todo, pero el hombre de una y mil maneras lo sigue rechazando, parece ser que va a ser difícil de conquistar.

Pero Dios es un amante chapado a la antigua (de hecho ama desde antes de la creación del mundo) y ese tipo de amantes no se rinden fácil y se juegan hasta la última carta para conquistar a su amada, y la última carta de Dios es Dios mismo, “si el hombre no va hacía Dios, es Dios quien tiene que venir al hombre”.

Cada evangelio, pero especialmente el evangelio de Juan es la historia del acto de amor más extrovertido de la historia del universo resumido sencillamente por Juan como: “y e verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria cómo del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1.14), el rey se hace esclavo para demostrar su amor, renuncia a todo tipo de privilegios y, traducido literalmente, “acampa” entre los seres humanos para demostrarles que, si los actos de poder y los milagros realizados en el pasado no son suficientes para ganar su amor, lo tendrá que ser su debilidad.

“Dame de beber” le dice Jesús a nuestra mujer, “tengo sed” parece decirle, ¿quién le puede temer a un Dios que está sediento? Temer probablemente nadie, pero ¿quiere Dios que le teman en el sentido que lo ha entendido el hombre? En el paraíso el hombre temió a Dios y se escondió de él, en la modernidad el hombre temió que Dios le quitara su libertad y decidió negarlo, el día de hoy el ser humano no teme tanto a Dios como a sus “representantes” en la tierra y decide que la iglesia no es para ellos, sin embargo, Jesús se sigue revelando en los más débiles, “dame de beber” tengo sed de amor.

“Después de esto, sabiendo Jesús que todo se había ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí una vasija llena de vinagre; colocaron, pues, una esponja empapada del vinagre en una rama de hisopo, y se la acercaron a la boca. Entonces Jesús, cuando hubo tomado el vinagre, dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.” (Juan 19.28-30)

Al final del evangelio Jesús sigue teniendo sed, después de varios años con sus discípulos el maestro sigue sediento, ha logrado algunos avances pero aún no ha conquistado al ser humano “dame de beber” le dice a la mujer, y después le ofrece de su agua viva, algunos han aceptado tomar, otros, la mayoría, lo ha rechazado, Jesús va con sed a la cruz, y ahí, en ese momento de tortura y dolor, en ese momento de muerte, un anónimo, tal como la mujer samaritana, le da de beber a Jesús en una esponja empapada con vinagre, parece poca muestra de amor para alguien que lo ha dado todo pero para Jesús eso es suficiente, al fin tiene lo que quería, al fin ha encontrado al hombre, al fin, en la cruz, el hombre se ha dado cuenta que Dios lo ama, al fin, en la cruz, Dios le muestra al hombre que llegará hasta la última consecuencia con el fin de ganar su amor, y al fin, en la cruz, el hombre le da de beber a Dios.

Bajamos del cerro alumbrados con la lampara del padre que le cantaba a las niñas, nos alumbró el corazón y nos alumbró el camino de regreso a la ciudad, volvimos con el vendedor emocionados, “tenía razón, era el momento exacto para subirlo, fue hermoso” le dijimos, “y eso que no se quedan para navidad, en esa noche todo el pueblo sube con velas y bajan todos juntos”, “no hace falta” parecían decir nuestros corazones: “esta noche ya hemos escuchado el canto de amor del padre bajo la cruz”

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