Cada viaje, un misterio,un encuentro.

Dicen que una de las claves de un buen matrimonio es que ambos se complementan mutuamente, en el momento de planear nuestros viajes me doy cuenta que con Gabi y yo esto es muy real.

Aunque tenemos pocos viajes en nuestro historial (estamos por cumplir un año de casados) hay un patrón que se repite cada vez: a mi me gusta viajar sin planes, sin reservaciones y a veces sin idea de lo que nos espera en el lugar al que vamos, y a Gabi le gusta tener todo arreglado antes de llegar, el equilibrio entre estas dos visiones determina el éxito del viaje.

Sin embargo hay una magia en viajar que hace que, sin importar cuanto planees las cosas, cada destino te presente sorpresas, desafíos y aventuras que no esperabas, puedes encontrarte desde una hermosa librería en medio de la nada hasta verte bajo una granizada mientras estás acampando, todo viaje es un encuentro con el misterio, porque todo encuentro es un misterio, porque Dios mismo, en su encuentro, es el misterio mayor.

Junto a la fuente, Dios encuentra a Dios.

 La mujer se va y deja a Jesús solo con sus confundidos discípulos que, ante el asombro de haberlo encontrado hablando con una mujer, solo atinan a ofrecerle de comer, el texto es enfático, no solo le ofrecen, le insisten, aún no han entendido nada.

“Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis” les dice y solo hace que si confusión se haga aún mayor, ¿le habrá llevado alguien comida al maestro mientras no estaban ellos presentes?, ¿habrá sido esa mujer extraña la que les quitó el privilegio de comer con el maestro esta vez?

“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió y acabe su obra” Jesús no se cansa de confundir a los doce, y los introduce al gran misterio de la fe, misterio que ha sido tratado a través de todos los años del cristianismo y que aún así apenas hemos echado un vistazo pequeño a todo el paisaje que ello comprende: el misterio de las relaciones de Dios.

Para un observador común al lado del pozo solo estaba un hombre y una mujer, para alguien más atento ese hombre parece ser alguien especial, para un cristiano ese hombre es Dios encontrando a una mujer, para Jesús, al lado del pozo, encontrando a la samaritana, se encuentra él, se encuentra el Padre y se encuentra el Espíritu Santo, la santa trinidad en perfecta comunión alegrándose de sanar las heridas profundas de una mujer.

El misterio del encuentro de Dios con Dios, el mayor misterio de amor.

Cuando Jesús llega a las agua del río Jordán para ser bautizado por Juan el bautista sucede quizás la revelación más grande y hermosa de toda la vida de Jesús: después de que el Espíritu Santo bajará en forma de paloma se escucha una voz del cielo, la voz del Padre: “este es mi hijo amado, en él tengo complacencia”.

¿Qué palabras pueden afectarle más positivamente a un hombre que escuchar a su padre diciendo que lo ama? Jesús ha crecido a la mirada de sus padres en la tierra, Maria y José, de los cuales la biblia dan muy buenas referencias, pero es en el bautismo que audiblemente escucha la voz de su Padre eterno, y las palabras que tienen para él son: “Te amo”.

¿Y el Espíritu Santo? Desciende en forma de paloma, paloma que a través de los tiempos ha representado la paz y que, incluso en la tradición bíblica, en la historia del diluvio universal, Noe envía una paloma y es esta la que regresa con las noticias de salvación: El agua ha bajado, es momento de iniciar una nueva historia de la humanidad.

Es así como, en las aguas del jordán, se exterioriza lo que siempre ha sucedido en la eternidad: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en una perfecta comunión de amor, una comunión tan perfecta, tan misteriosa, que solo ha podido ser comparada con una danza.

La pericoresis, la danza de amor eterna.

Del griego Peri (alrededor) y Coreo (hacer espacio), la pericoresis es un concepto teológico que ha sido utilizado desde épocas muy antiguas para explicar la relación intrínseca de las tres personas de la trinidad.

La pericoresis nos habla del “ser en el otro” de las personas de la divinidad, el Padre es en el Hijo y en el Espíritu sin dejar de ser el Padre y así sucesivamente ocurre con el Hijo y con el Espíritu, uno no es si no es en el encuentro con el otro.

Cuando se intentó traducir al Latín la palabra, es San Buenaventura que utiliza la palabra latina Circumincessio, (en lugar de Circuminsessio que fue la palabra usada más por la tradición dominica), la palabra Circumincessio hace referencia al dinamismo de las relaciones pues bien podría traducirse como “dar brincos o vueltas alrededor”, (mientras tanto Circuminsessio es algo más estático “estar sentado alrededor”), por eso no es extraño que se le haya comparado con una danza.

La danza del amor de Dios es esa danza donde el Padre encuentra al hijo y se encuentra él mismo en él, el Hijo encuentra al Padre y se encuentra él mismo en él y ambos encuentran el Espíritu Santo y se encuentran ellos mismos en él, siempre en libertad amorosa, siempre manteniendo la alteridad y siempre encontrándose de una manera más plena los unos en los otros.

Cada viaje es un encuentro

El alimento de Jesús, el amor del Padre.

Mucho se ha predicado sobre la respuesta de Jesús: “mi comida es que haga la voluntad del que me envió” como si el alimento de Jesús tuviera que ver con cumplir cierta leyes y por consiguiente el cristiano tiene que tener su alegría en cumplir las leyes de Dios expresadas en ciertas tradiciones e interpretaciones bíblicas.

Lo que no toman en cuenta estas interpretaciones es la profundidad de la revelación que está haciendo Jesús con respecto al Padre a quien identifica como “el que me envió” y cuya voluntad es que “acabe su obra”.

Cuando Jesús habla del Padre como él que lo envió, está haciendo referencia a la “missio Dei” o misión divina, término teológico que describe el envío del hijo por el Padre basado en la relación eterna que existe entre los dos y el Espíritu Santo: “el Padre envía al hijo por medio del Espíritu Santo”.

El hecho de que Jesús haga referencia a esto nos debe hacer pensar en su alimento ¿es solamente el hecho de cumplir leyes del Padre? Es más bien el hecho de mostrar en la tierra a los hombres lo que ya existe desde la eternidad: su relación perfecta de amor y libertad con el Padre.

Entonces, la satisfacción del cristiano no está en cumplir leyes, sino en relacionarse libremente con Dios y con los otros así como la trinidad lo ha hecho desde la eternidad y la Biblia lo plasma perfectamente en la vida de nuestro Señor Jesucristo.

Conclusión: Todo se encuentra en Samaria. 

La narración sobre Jesús y la mujer samaritana parece ser en un primer instante una inocente historia sobre la necesidad del agua viva por parte de la mujer, pero adentrándonos en la historia nos damos cuenta que es la historia de todos nosotros y nuestra necesidad de relacionarnos.

Dejarnos encontrarnos por Dios y encontrarnos nosotros con él en Jesucristo, en esta relación encontrar la sanidad para nuestro pasado, la paz para nuestro presente y la esperanza para nuestro futuro, en él también encontrar la forma de relacionarnos con nuestros hermanos, rompiendo el circulo de violencia que existe desde Caín y Abel imitando, con todas nuestras limitaciones humanas, la perfecta relación de libertad y amor que encontramos en Dios, el cual nos ha hecho a su imagen y semejanza.

sígueme y dame likes!
error

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *