El humano se encuentra con el humano, un llamado a la paz.

Una de las cosas que más nos sorprendió en la ciudad de Cosquín, y más específicamente en el auto camping en donde nos quedamos alguno días, fue enterarnos que a lo largo de muchos años varias familias cada época de verano llegan a acampar exactamente al mismo lugar manteniendo la tradición algunas de ellas por más de treinta años consecutivos, ¿será que no habrá en toda Argentina un mejor lugar para pasar las vacaciones? ¿Ese auto camping en particular es el mejor de toda la región? ¿Al menos será el lugar más barato para estar por la temporada de verano? Seguramente, sin menospreciar el hermoso lugar y los buenos precios que en él encontramos, la respuesta a cada pregunta es negativa, sin embargo, al encontrarse cada año las mismas familias han encontrado un lugar en donde reina la armonía, la paz y el amor y, ¿quién no quisiera siempre volver a un lugar así?

¿No podemos encontrar, y esto ya ha sido largamente estudiado por la historia y la fenomenología de la religión, en cada religión, moderna y antigua, cierta “nostalgia” por un “hogar” perdido al que el ser humano intenta regresar? Es decir, ¿no nos causa la historia del paraíso del génesis un deseo por volver a ese lugar mitológico en donde todo era perfecto? Aunque la historia bíblica nos lleva hacía un futuro y no hacía un pasado, la “nostalgia” en nosotros aún perdura, pero ¿qué es lo que añoramos realmente de aquel “paraíso”?

La respuesta básica que muchos daríamos es: “un lugar sin problemas, sin fatiga y sin dolor, un lugar de eterna diversión y armonía” y sin embargo a mi me gustaría agregar algo más “un lugar en donde podamos estar desnudos y no tener vergüenza de nada” (Génesis 2.25). No se confundan, no estoy pensando en un paraíso nudista, sino en un lugar en donde, ligado al significado simbólico de la desnudez, todos podamos ser vulnerables y no tener miedo a las relaciones, un lugar donde el ser humano pueda realmente encontrarse con el otro ser humano.

“Porque Judíos y Samaritanos no se tratan entre si” apenas empieza el dialogo entre Jesús y nuestra mujer y el narrador ya nos hace una advertencia: “cuídense que van a salir chispas” en Argentina lo entendemos fácil, cuando dos personas de una pasión distinta se encuentran (boca-River, Cristina-Macri, Argentina-Brasil, McDonald-Burger King- Mostaza) lo más sano es alejarse o prepararse para escuchar (en el mejor de los casos) una pelea que no terminará en nada.

Judíos y Samaritanos, dos fracciones enfrentadas por siglos, un odio mutuo que se acrecentaba día a día, fiesta a fiesta, culto a culto, cada reunión religiosa era un buen lugar para recordar el odio que se tenían unos a otros, cada oración levantada era, implícita e incluso explícitamente, una oración de odio al otro partido, cada sacrificio y cada ofrenda implícitamente decía: nosotros somos mejores y mas santos que aquellos.

Los motivos del odio eran diversos, el más reconocido lo podemos leer en Esdras capítulo 4, sin embargo, después de tantos años seguramente el motivo ya no importaba, lo importante era mantener la diferencia, tanto era el odio y la repulsión que se dice que los judíos en su camino a Jerusalén, preferían caminar un poco más con tal de no pisar la ciudad de Samaria, represéntate máximo de la impureza ritual, hasta que llegó Jesús y como siempre cambió la historia…

Una de las cosas más impresionantes de la historia de Jesús con la mujer samaritana y una de las que mayormente han sido señaladas, sin llegar creo yo al fondo del asunto, es que Jesús estaba “cansado del camino”, increíblemente el evangelio de Juan, el cual tiene la cristología más alta de los cuatro evangelios, nos muestra a un Jesús cansado, un Jesús con sed, es decir: a un Jesús muy humano, tal vez demasiado humano para el gusto de muchos de nosotros.

Ya en el siglo II, San Irineo, padre de la iglesia dijo su famoso axioma que es base de la fe cristiana: “Quod non assumptus, non redemptus” (lo que no es asumido, no es redimido), para expresar la necesidad de la encarnación del verbo de Dios, es decir, la necesidad de que la segunda persona de la divinidad: el Hijo, se hiciera completamente humano, ya lo dijimos antes: haciéndose humano, Dios encuentra al humano, pero al mismo tiempo, “haciéndose humano, Dios le permite al humano encontrarse con otro ser humano”.

El narrador se cuida de presentarnos a Jesús lo más humanamente posible cuando se encuentra a la mujer junto al pozo, tan humano que tiene las mismas limitantes que nosotros: se cansa, tiene sed y tiene hambre, tan humano que carga con nuestra misma historia: una historia de violencia y perversión, Jesús se presenta como un hombre judío, y como hombre judío, la mujer samaritana tenía todo el derecho de odiarlo.

¿Qué hace Jesús ante el odio de la mujer samaritana contra él? la desarma y se muestra desarmado, Jesús entiende que para que la mujer pueda encontrarse con él necesita quitar todas las capas de protección que, con razón, la mujer ha ido acumulando a lo largo de su vida, y al mismo tiempo, Jesús se presenta abiertamente como alguien que también tiene sus debilidades pero que tampoco le da miedo ni vergüenza mostrar sus fortalezas.

¿Por qué el hombre se empeña tanto en protegerse de los demás? Veamos dos ejemplos de esto, uno bíblico y uno de la cultura contemporánea:

En la famosa película “infantil”: “Shrek”, hay una escena significativa que nos describe a todos como seres humanos: el burro (el mejor personaje de la serie de películas) le pregunta a Shrek, ogro malhumorado, ¿por qué no actúa como un ogro normal?, a lo que Shrek le contesta que los ogros son como cebollas: tienen capas.

¿A qué se refiere este malhumorado ogro con tener capas? A través de la película nos iremos dando cuenta de lo que habla: si bien, en el exterior todos los ogros parecen ser agresivos y despiadados, en el fondo cada uno de ellos añora el amor y la compañía que los prejuicios del mundo les han impedido tener, ¿no nos suena esto a muchos de nosotros, hombres malhumorados que “queremos” estar solos la mayor parte del tiempo? Tal vez necesitamos un burro sin vergüenza a nuestro lado que nos ayude a quitar esas capas para terminar mostrándonos tal como somos: seres limitados y débiles pero con una gran capacidad para amar.

El siguiente ejemplo es de nuestro ya conocido Jacob, el mismo que peleó con Dios, exactamente en el mismo camino: la historia la encontramos en Genesis capítulos 32 y 33 cuando Jacob decide volver a la tierra de sus padres pero se encuentra con un inconveniente: su hermano, a quien desde su niñez ha engañado y embaucado (con complicidad de su madre), es ahora el poderoso señor de la región, ¿cómo reaccionara Esaú al saber que Jacob piensa volver?

Y nuestro valiente hombre, el mismo que fue tan bravo como para pelear con Dios toda una noche y no soltarlo hasta obtener su bendición, hace lo que hacemos todos y cada uno de nosotros ante el temor de un encuentro humano: puso capas de protección, mandó mensajeros, mandó regalos, mandó incluso a sus mujeres y niños delante de él para, en caso de ser atacado, poder cobardemente huir.

¿Por qué el hombre que pudo pelear con Dios no es capaz de enfrentar a su propio hermano? La respuesta tal vez la tenemos todos los domingos en nuestras iglesias ¿cuántos de nosotros somos capaces de ir cada domingo a la iglesia a pedirle perdón a Dios pero no somos capaces de abrirnos a una relación con nuestros hermanos, a quién, dicho sea de paso, muchas veces necesitamos también pedirles perdón?

¿No estaba también nuestra mujer dispuesta a ir a adorar a Dios a su propio monte pero no estaba dispuesta a hablar con un judío?, ¿cómo logra Jesús que esta mujer, que decidía salir en la hora de más sol a cargar agua probablemente para no encontrarse con nadie, se abra a las relaciones humanas? Le quita las capas y le muestra lo refrescante que puede ser una relación en la que nadie se está protegiendo del otro.

Trae a tu esposo

-no tengo esposo

-verdad has dicho, porque cinco esposos has tenido y el que ahora tienes no es tu esposo.

No volvamos a moralizar este dialogo, lo qué hay de fondo son relaciones de poder y no de gracia, “ninguna de las relaciones que has tenido ha sido de gratuidad sino que todas han sido de poder”, la mujer, herida por la vida y acostumbrada a ser cosificada, ha perdido la capacidad de relacionarse en gratuidad, Jesús le quiere demostrar qué hay otro camino, no el camino del esfuerzo sino el camino de la gracia, “no te relaciones conmigo en una relación de poder, lo que yo te pido no es porque lo necesito sino porque lo quiero tener gratuito de ti, y lo que te ofrezco, no te lo tienes que ganar, lo puedes obtener gratuitamente de mí.

-nuestros padres adoraron en este monte, y ustedes dicen que debemos adorar en Jerusalén

-al padre se le adora en Espíritu y en verdad.

-el mesías nos enseñará todas las cosas.

-Yo soy el mesías.

El problema no es teológico, el problema es étnico, Jesús sabe que realmente ningún pueblo está adorando al Padre si se siguen odiando entre sí, Jesús sabe que solo en una relación de paz entre los pueblos y etnias se puede dar una verdadera y refrescante adoración, sabe que, solamente en los encuentros entre humanos que dejan todo odio fuera de si, puede darse una adoración autentica al Dios que nos llama a la paz.

¿No es refrescante cuando nos encontramos en una relación en la que cada uno puede actuar de forma autentica sin vergüenza a lo que vaya a pensar el otro? ¿No es ese el verdadero secreto de un buen matrimonio, el conocerse con todo y debilidades y aún así amarse? ¿No deberían ser así una y cada una de las relaciones que tenemos en nuestra vida? Y más profundamente ¿no es solamente cuando nos relacionamos auténticamente con los demás que podemos aprender a relacionarnos auténticamente con Dios? El ser humano busca desesperadamente esa agua viva que lo refresque de la sequedad en la que vive, en Jesús, sorprendentemente se da cuenta que, esa agua viva está en las manos de otro ser humano.

Esaú traspasa todas las capas y llega a abrazar y perdonar a su hermano Jacob, Jesús traspasa todas las capas de la mujer y le entrega el agua viva, la cual, ella comparte con el resto del pueblo, ¿cuantas capas tenemos que traspasar para llegar a conocer al humano que está todos los días al lado nuestro? ¿Cuantas capas tengo que quitarme para dejar que los demás me conozcan a mi? El paraíso se encuentra en los encuentros auténticamente humanos, que son también, auténticamente divinos

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