Sanos pero no salvos. Por Facundo García. La

Sanos pero no Salvos predica de Lucas 17.11-19

Predica de Lucas 17.11-19.

Hace unos domingo mi amigo y ex compañero de clases Facundo García nos compartió una bella reflexión en el culto sobre Lucas 17.11-19, por fallas técnicas (perdí el archivo) no se las había podido compartir.

Introducción:

Este relato aparece sólo en el Evangelio de Lucas, sin paralelos en Mateo o Marcos como otros lo que ha hecho sospechar a muchos biblistas que más que tratarse de un relato histórico es una elaboración teológica de la comunidad luchaba para resaltar las diferencias con los judíos.

Sabemos que el fundamento de la fe judía es el cumplimiento estricto de la Ley, y que su relación con Dios dependerá de este. Para los primeros cristianos, en cambio, la salvación es don gratuito e incondicional que viene de Dios; la única respuesta que se espera frente a esto es la gratitud a Dios. Así responden las primeras comunidades y así lo hace también el leproso.

Antes de entrar en el relato vale hacer una aclaración sobre los títulos que algunas traducciones al español le suelen poner: RVR60: diez leprosos son limpiados  LBLA: los diez leprosos; NVI: Jesús sana a diez leprosos; TLA: el extranjero agradecido; BHTI: el leproso agradecido.

Como podemos ver, todos ellos son válidos, pero no del todo fieles al relato. Algunos se enfocan en lo global, otros en lo particular. Lo importante es no dejarnos influenciar por esa parcialidad, para que no nos pase lo del proverbio oriental que dice: cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo. A mi gusto, un título más apropiado podría ser: diez leprosos son curados, uno solo descubre la salvación.  

[…] siguiendo su viaje a Jerusalén, pasaba por Samaria y Galilea.” (v.11)

Al final del cap. 9 nos dice el autor que Jesús afirmó su rostro hacia Jerusalén, es decir, que con valentía emprendió su viaje hacia la gran ciudad; diez capítulos más tarde nos relata su entrada en ella.

Es un detalle que para resaltar el contraste entre estas dos ciudades y Jerusalén. Ubicar el encuentro en un pueblo insignificante de una de ellas, tiene como propósito mostrarnos que Dios se manifesta donde normalmente no lo esperamos. Era una locura para el judío ortodoxo del aquel tiempo pensar que Dios se podría manifiesta entre los paganos.

Según el pensamiento de la época, es Jerusalén el símbolo de la presencia de Dios, donde está el Templo y donde Dios debía manifestarse. Una y otra vez los evangelios nos muestran que Dios no está reducido a un espacio ni a unos pocos privilegiados de un sistema religioso.

Es donde están los marginados, donde Dios se hace presente. Contrario a esto, es en Jerusalén, donde la resistencia a Dios y las fuerzas del mal se hacen más visibles.

Jesús va camino a Jerusalén a completar su obra, pero el Reino de Dios está presente mientras anda entre los hombres (17,21). Podemos decir que la presencia de Dios nunca está ausente, lo que hay que hacer es descubrirla y vivirla. Y la función de Jesús es guiarnos a ésto.

[…] salieron a su encuentro diez hombres enfermos de lepra. Como se habían quedado a cierta distancia, gritaron: […]” (v.12)

Los leprosos no se acercan a Jesús debido a su condición. La lepra en el siglo I era una enfermedad contagiosa y muy peligrosa. Al no haber una clara distinción entre lepra y otras enfermedades infecciosas, cualquier tipo de enfermedad contagiosa era considerada lepra.

Lo interesante de esta enfermedad es que somete a la persona infectada, ya que al ser considerada inmunda, debe ser excluído de la sociedad tal como la Ley lo mandaba (Lv.13,11-4). Por eso son los marginados de aquel tiempo.

Es tan grande el rechazo social que hay hacia los leprosos, que para un enfermo pesaba más eso que la propia enfermedad. Aquí vemos que hay una condición externa en las personas (la lepra) que afecta su condición interna (la identidad). La pregunta que podemos hacernos hoy como cristianos es ¿quiénes son los leprosos de nuestro tiempo?.

Uno de ellos, al verse sano, regresó alabando a Dios a grandes voces” (v.15)

Nos han enseñado que el camino de la religión es siempre de afuera hacia adentro, desde lo externo hacia el interior de uno mismo.

Si bien esto es real, el problema que tenemos la mayoría de cristianos es que nos quedamos en ese camino externo, sin arribar a lo profundo de nuestro ser, donde se encuentro con Dios y la salvación.

Pero seguimos buscando por Dios fuera, en las cosas; lo buscamos en el cumplimiento de un programa religioso, en la aceptación de los demás, en el éxito profesional, en el éxito económico, etc. Pensamos que recién cuando logremos cumplir con todos los requisitos (mandatos familiares, sociales y/o religiosos), es cuando podremos tener paz con Dios y alcanzar la plenitud. Seguimos buscando la salvación material.

Este fue el camino de los nueve que fueron corriendo a presentarse ante los sacerdotes en busca de la aprobación. Su mayor gozo era que se los declara puros. Sólo uno, el samaritano, entendió que la aprobación de Dios era suficiente y que no se necesita de un agente externo que la valide. Descubrió la salvación y se apropió de ella.

Es esta la fe que salva. Una fe capaz de superar los mandatos que nos esclavizan y no nos permiten ser auténtico por miedo al qué dirán. Es una fe que nos impulsa a liberarnos de aquello que fuimos construyendo sobre nosotros en base a lo que otros nos dijeron. Pero además, es una fe que nos libera de nuestros prejuicios hacia los demás, ayudándonos a tomar consciencia de que las otras personas también tienen derecho a ser libres y auténticas.

Jesús tuvo que hacer un gran esfuerzo por librarse de todas las instituciones, que en su tiempo como en todo tiempo, intentan manipularlo y anular su persona. Tuvo que enfrentarse a la Ley, al templo, a las instancias religiosas y civiles y hasta a su propia familia.

¿Dónde están los otros nueve?

Podríamos creer que la pregunta de Jesús es un reproche a los que no volvieron junto con el samaritano dando gloria a Dios. Tenemos tan enraizada la idea de un Dios egoísta que nos es difícil desprendernos de ella.

Pero no es la idea de Dios que nos revela el Evangelio. Dios no necesita de nosotros para saciar su ego y subir su autoestima. Si Dios es amor no puede ser otra cosa que entrega total. Es triste que sigamos con esta idea de que Dios busca todo el tiempo nuestra falla. Jesús no pregunta por los nueve porque esté molesto con ellos, sino porque le indigna que sigan perdidos.

Para ellos, volver a formar parte del organigrama religioso y social era la única salvación posible. Los nueve vuelven a someterse a la institución; fueron al encuentro con Dios en el templo. El Samaritano que creyó y volvió a dando gracias fue el que acertó, porque libre de las ataduras de la Ley, se atrevió a expresar su vivencia profunda. La religión puede ser un molde perfecto, pero acoplarse a ella no es ninguna garantía de vida. Y sin vida la religión se convierte en un corsé, que lo único que hace es impedir nuestra libertad.

La salvación está a un paso más de la mera obediencia. La obediencia nos puede dar cierta sanidad emocional y psíquica, pero el secreto está en descubrir la vida que Jesús nos quiere dar.

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